Sustantivo común: melancolía del anonimato
- acueval83

- 30 may
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Los sustantivos comunes hacen su aparición en la lengua con vocación de anonimato. Pertenecen a esa modesta clase obrera y gramatical que sostiene el idioma mientras otros —los nombres propios, por ejemplo— se dejan fotografiar en las portadas del mundo. “Madrid”, “Beatriz”, “Amazonas”: todos ellos llegan a la lengua con escolta y mayúscula. Otros como “mesa”, “perro”, “hambre”, en cambio, entran por la puerta de servicio. Da igual que sean concretos y palpables como una “cuchara” o abstractos y evasivos como la “esperanza”: al sustantivo común rara vez le conceden alfombra roja.
La morfosintaxis del español, tan inclinada a analizar los mecanismos secretos de la lengua como un anatomista contemplando órganos húmedos con lupa, explica que el sustantivo común designa entidades de una clase y no individuos únicos. El nombre propio señala; el común clasifica. Uno apunta con el dedo, el otro reparte ciudadanía. Hay algo democráticamente melancólico en esa operación. “Hombre” es cualquiera; precisamente por eso somos todos.
Recuerdo haber pensado en ello una mañana bogotana, mientras el TransMilenio avanzaba entre vendedores de tinto y muchachos con uniforme azul. Ninguno era todavía personaje; todos eran sustantivos comunes desplazándose bajo la lluvia. La gramática —cuando se mira bien— tiene mucho de sociología melancólica. El nombre propio individualiza del mismo modo que el dinero distingue o la fama separa. El sustantivo común, en cambio, nos devuelve al rebaño de las especies. Somos “pasajeros”, “empleados”, “viudas”, “taxistas”. Después, si la fortuna o la desgracia intervienen, acaso merezcamos una mayúscula.
La vieja tradición gramatical decía que el sustantivo era la palabra que sirve para nombrar seres, objetos o ideas. Es una definición razonable, aunque un poco notarial. La gramática descriptiva afinó después el instrumento y observó que el sustantivo posee género y número, admite determinantes, funciona como núcleo del sintagma nominal y mantiene con el mundo una relación menos inocente de lo que suponían los manuales escolares. Porque no es lo mismo decir “la muerte” que “morir”. En el sustantivo reside ya una voluntad de convertir la experiencia en objeto ornamental, casi en fetiche filológico. El verbo arde; el sustantivo conserva las cenizas. Quizá por eso los sustantivos abstractos —“soledad”, “justicia”, “miedo”— parecen vitrinas donde guardamos incendios ya domesticados.
Y es que quienes contemplamos este idioma como una peluquería barroca repleta de espejos y aroma a colonia y naftalina amamos ciertos sustantivos comunes por su vulgaridad luminosa. “Abrigo”, “cafetera”, “cenicero”, “puta”, “otoño” vienen cargados de una electricidad sentimental que la lingüística no registra. Porque el sustantivo común lleva esa doble vida de los funcionarios discretos. Por un lado, pertenece al sistema lingüístico; por el otro, arrastra una biografía secreta en cada hablante. “Mujer” es unidad léxica, y también una respiración al otro lado de la alcoba.
La morfosintaxis observa, además, que muchos sustantivos comunes pueden recategorizarse, desplazarse de un territorio semántico a otro como viejos actores secundarios. Tenemos sustantivos comunes concretos y abstractos; contables e incontables; individuales y colectivos. “Agua” no se cuenta igual que “botella”. “Ejército” parece singular pero contiene multitudes, como ciertos partidos políticos o algunos matrimonios. Y existen también esos aristócratas excéntricos de la gramática, los pluralia tantum, unidades condenadas —o privilegiadas— a vivir únicamente en plural: “tijeras”, “víveres”, “nupcias”, como si ciertas realidades desconfiaran íntimamente de la soledad gramatical. La lengua, cuando clasifica, revela siempre una metafísica doméstica. Incluso el polvo del idioma acaba organizado en cajones.
A veces sospecho que toda literatura nace precisamente de rebelarse contra la condición de sustantivo común. El poeta quiere que “árbol” deje de ser categoría y vuelva a ser sombra específica, humedad irrepetible, memoria. El novelista toma una “persona” cualquiera y le concede nombre, pasado y tristeza. La ficción sería entonces una fábrica clandestina de nombres propios.
Pero el sustantivo común permanece ahí, humilde y necesario, sosteniendo el edificio verbal como esos meseros de antaño que atraviesan la taberna sin derramar una copa. Nadie escribe odas al artículo determinado ni epopeyas al complemento circunstancial. Y, sin embargo, pocas cosas más humanas existen que esa necesidad de nombrar el mundo antes de comprenderlo. Decimos “calle”, “pan”, “miedo”, “invierno”: concretos unos, abstractos otros, todos igualmente obstinados en pedir existencia. Luego la vida ya se encargará de precisar el resto.



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