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Sustantivo propio: el apellido de lo cotidiano

  • Foto del escritor: acueval83
    acueval83
  • 4 jun
  • 3 min de lectura

Si los sustantivos comunes han nacido para confundirse con la multitud, los sustantivos propios llegan al idioma con una cierta conciencia de sí mismos. Porque hoy quiero hablaros de esa aristocracia discreta de la gramática que no designa clases de seres, sino individuos. Mientras ciudad puede aplicarse a miles de lugares distintos, Oviedo señala uno; mientras poeta admite innumerables candidatos, Ángel González apunta a una persona concreta.


La tradición escolar nos enseñó que los nombres propios se escriben con mayúscula y poco más. Pero la gramática, cuando se la frecuenta con algo de paciencia, suele ser más interesante que los manuales. El nombre propio guarda una relación peculiar con el significado. No funciona exactamente como los nombres comunes. Cuando decimos mesa, evocamos una categoría de objetos con determinadas propiedades. Cuando decimos Beatriz, en cambio, no estamos describiendo nada. El nombre actúa más bien como una etiqueta que permite reconocer a alguien dentro de una comunidad lingüística.


Naturalmente, la realidad no suele ser tan sencilla. Muchos nombres propios proceden de sustantivos comunes. Los apellidos suelen ser fósiles lingüísticos donde todavía se adivinan antiguos oficios, lugares o rasgos físicos. Detrás de un Herrero hay un herrero; detrás de un Del Río, un accidente geográfico; detrás de tantos Moreno o Calvo, una observación más o menos indiscreta realizada por algún antepasado remoto. Pero el tiempo acaba borrando esas conexiones. Hoy nadie piensa en yunques cuando saluda a un señor Herrero. El significado original se ha convertido en arqueología.


Los nombres propios son proclives, además, a rebelarse contra las fronteras gramaticales. A veces se transforman en nombres comunes. Un quijote ya no es necesariamente el hidalgo manchego. Un cicerón puede guiarnos por una ciudad sin haber pronunciado jamás una catilinaria. Incluso algunas marcas comerciales acaban sufriendo ese destino democrático que consiste en convertirse en palabras de uso corriente. El idioma tolera mal los privilegios perpetuos y suele acabar nacionalizando los títulos nobiliarios de su vocabulario. Hay algo de novela en todo esto. Los nombres propios son los personajes del lenguaje. Los comunes constituyen el decorado, los muebles, las calles, los paisajes. Sin ellos no habría mundo. Pero son los nombres propios los que entran en escena y reclaman atención.


La historia de la humanidad podría resumirse, quizá, como una interminable sustitución de nombres propios: unos desaparecen, otros ocupan su lugar, algunos logran una efímera celebridad y unos pocos consiguen permanecer en la memoria colectiva. Conviene, sin embargo, no exagerar su singularidad. También los nombres propios necesitan de los comunes para existir. Madrid no dejaría de ser una ciudad por cambiar de nombre, del mismo modo que una persona seguiría siendo ella misma aunque la bautizaran de otra manera. El nombre propio señala, pero no crea. Apenas coloca una placa en la puerta de una realidad previa. Y aun así, seguimos concediéndole una importancia desproporcionada. Hay padres que pasan meses eligiendo un nombre para su hijo, escritores que tachan y corrigen durante semanas el de un personaje, gobiernos que cambian topónimos con la esperanza de modificar la historia. Tal vez porque intuimos que en los nombres hay algo más que una simple convención. Tal vez porque sospechamos que cada nombre propio es una pequeña victoria contra el anonimato.


Los sustantivos comunes trabajan en silencio, como empleados ejemplares de la lengua. Los propios, en cambio, viven expuestos a la intemperie de la memoria. Conforman las grafías que aparecen en las lápidas, en las dedicatorias y en las portadas de los libros. Son las letras que sobreviven cuando todo lo demás se torna evanescente. Y quizá por eso los sustantivos propios nos conmueven tanto. Porque, al fin y al cabo, cada nombre propio es una modesta pretensión de permanencia, es una manera de decirle al tiempo que aquí estuvo alguien. 

 
 
 

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