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Adverbios: órbita y astronomía del idioma

Foto del escritor: acueval83
acueval83
16 jul
4 min de lectura

El adverbio habita en los márgenes. Mientras el sustantivo ocupa las plazas mayores del idioma y el verbo administra el tráfico de las acciones, el adverbio circula por las afueras, como esos satélites que apenas vemos pero que sostienen la navegación de los barcos y el extravío de los hombres. Es una palabra de órbita. No suele ocupar el centro de la frase; prefiere girar alrededor de otras palabras, iluminarlas o ensombrecerlas, modificar sus contornos, introducir una sospecha, una precisión o una niebla.


La gramática, que a veces se parece a un registro municipal, ha concedido al adverbio una parcela modesta. Sin embargo, bajo esa modestia aparente se esconde una realidad mucho más compleja. El adverbio no constituye una familia homogénea. Sus miembros se parecen menos entre sí de lo que la tradición escolar nos hizo creer. Algunos son palabras únicas e invariables; otros proceden de adjetivos; algunos funcionan como complementos circunstanciales condensados; otros organizan el discurso entero. El adverbio, en realidad, es una pequeña república de lunas. Quizá por ello resulte difícil definirlo.


Durante mucho tiempo se dijo que el adverbio modifica al verbo. Era una definición cómoda, del mismo modo que ciertas fotografías familiares son cómodas porque ocultan a los parientes incómodos. Sin embargo, pronto aparecen ejemplos que desbordan la fórmula. Muy lejos, demasiado tarde, verdaderamente hermoso. El adverbio modifica a un adjetivo, a otro adverbio, a toda una oración o incluso al propio acto de hablar. Se desplaza de un lugar a otro con la ligereza de los cuerpos celestes. Hay adverbios que indican tiempo: hoy, mañana, siempre, nunca. Son los relojes del idioma. Otros expresan lugar: aquí, allí, cerca, delante. Son la cartografía portátil de la conversación. Los de modo —esa vieja categoría escolar— intentan responder a la pregunta del cómo: bien, mal, cuidadosamente, lentamente.


Y luego aparecen los de cantidad, afirmación, negación o duda, cada uno con su pequeña carga filosófica. Porque decir quizá no equivale a decir sí, y apenas no es simplemente una medida, sino una forma melancólica de la escasez. El adverbio posee además una notable capacidad de graduación. Puede intensificar, atenuar o matizar. El muy de una frase es un pequeño funcionario de la exageración. El casi administra las fronteras del fracaso y del cumplimiento. El apenas introduce una economía de la existencia. Hay personas que viven en el siempre y otras que sobreviven en el casi. La gramática, cuando se la escucha con atención, acaba pareciéndose bastante a la biografía.


Una de las observaciones más sugerentes del análisis de estas unidades consiste en mostrar que muchos adverbios no describen los hechos, sino la actitud del hablante ante ellos. Cuando alguien dice: Afortunadamente, llovió o Francamente, no lo entiendo, esos adverbios ya no modifican el verbo. Actúan sobre la totalidad del enunciado. Son comentarios laterales, balcones desde los cuales el hablante se asoma a su propia frase. El lenguaje se vuelve entonces autorreflexivo, como un hombre que se escucha hablar mientras habla. Estos adverbios oracionales poseen algo de columnistas de periódico. Llegan al comienzo de la frase, se acomodan en ella y emiten un juicio: sinceramente, probablemente, desgraciadamente, evidentemente. No participan de la acción; la contemplan. Son espectadores con acreditación de prensa.


Pero el adverbio todavía reserva una metamorfosis más. Sin dejar de pertenecer a la familia adverbial, algunas de sus formas han aprendido el oficio de modificar las relaciones entre partes del discurso. No describen una acción ni expresan una circunstancia: aclaran relaciones entre unas frases y otras, señalan consecuencias, rectificaciones, adiciones o contrastes. Así, además, entonces, asimismo, sin embargo, por el contrario o no obstante funcionan como auténticos puentes del pensamiento. Son adverbios que se han alejado un poco más de la gravitación exclusiva del verbo para convertirse en arquitectos del texto. Si los adverbios oracionales eran balcones desde los que el hablante comentaba lo que decía, los adverbios conjuntivos son los puentes que comunican una idea con la siguiente. Gracias a ellos, el discurso deja de ser una sucesión de islas y adquiere la continuidad de un archipiélago unido por mareas invisibles. También ellos orbitan, aunque ya no alrededor de una palabra, sino alrededor del propio fluir del pensamiento.


Tampoco puede olvidarse la fecunda serie de los adverbios terminados en -mente, esa aristocracia discreta del léxico español. Proceden del adjetivo, pero han adquirido una vida propia. Lentamente, amablemente, torpemente, silenciosamente. Conservan todavía el perfume del adjetivo del que nacieron, como ciertas familias provincianas conservan el retrato del abuelo conservador en el comedor. En ellos sobreviven antiguas relaciones sintácticas y un curioso equilibrio entre la descripción y la circunstancia. La literatura ha sabido aprovechar su potencia expresiva. Hay escritores que administran los adverbios con avaricia y otros que los prodigan con una generosidad barroca. Los manuales de estilo suelen desconfiar de ellos, especialmente de los terminados en -mente, como si fueran funcionarios sobrantes de la administración verbal. Sin embargo, un adverbio bien colocado puede alterar el clima entero de una frase. No es igual morir que morir lentamente; no es igual recordar que recordar vagamente; no es igual amar que amar todavía.


Quizá por eso los adverbios se parecen a las lunas. No poseen luz propia. La reciben de otras palabras y la devuelven modificada. Giran alrededor del verbo, del adjetivo o de la oración, alterando las mareas del sentido. Son cuerpos menores, pero también imprescindibles. Sin ellos, la lengua sería una maquinaria exacta y fría, una ciudad de edificios sin sombra. El sustantivo nombra. El verbo actúa. El adjetivo contempla. El adverbio, mientras tanto, orbita. Va y viene por el enunciado como un satélite nocturno, ajustando distancias, introduciendo matices, corrigiendo excesos. Apenas se le ve, y sin embargo sostiene buena parte del firmamento sintáctico. Hay palabras que gobiernan el idioma desde los ministerios del significado. El adverbio prefiere la astronomía. Vive lejos del poder, en las afueras de la sintaxis, entre satélites y lunas, vigilando silenciosamente la rotación del mundo.

 
 
 

1 comentario


Miryam Pulido
Miryam Pulido
21 jul

Qué completo. Verdaderamente hermoso. Eso de que el adverbio vive entre satélites y lunas me gustó bastante. Y a ustedes compañeros lectores, les parece que el adverbio es una república de lunas?

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