La República del "y si..."


Después de una ceremonia de posesión siempre queda algo más que un hombre investido de poder. Queda una multitud de futuros posibles.
Unos salen de la ceremonia con esperanza. Otros, con indiferencia. Algunos con esa superstición civil que consiste en mirar el poder como se mira el cielo antes de una tormenta: todavía no llueve, pero uno ha empezado a cerrar las ventanas.
Y otros salen preguntándose qué ocurrirá si aquello que acaba de ser anunciado termina cumpliéndose.
Ahí empieza la gramática del miedo.
Porque una ceremonia de posesión puede convertirse, sin que nadie lo advierta, en una enorme fábrica de oraciones condicionales. Y las oraciones condicionales tienen algo que la política suele olvidar: no todas hablan del mismo tipo de realidad.
Hay condiciones reales, condiciones potenciales y condiciones irreales.
La primera parece sencilla: hablamos de una condición abierta a los hechos, de algo que puede comprobarse en el mundo.
Si llueve, se mojan las calles.
No hay literatura aquí. Apenas meteorología.
Pero la política convierte muy pronto esa sencillez en otra cosa:
Si el nuevo poder toma determinadas decisiones, veremos determinadas consecuencias.
La condición pertenece todavía al territorio de lo real o, al menos, de aquello que puede llegar a verificarse. El acontecimiento está ahí, delante de nosotros. Las decisiones se toman. Las leyes se aprueban. Las instituciones actúan. Los ciudadanos observan.
Después aparece el potencial.
Si el nuevo poder adoptara determinadas medidas, podrían producirse determinadas consecuencias.
Aquí ya no estamos afirmando que algo haya sucedido. Estamos entrando en el territorio de lo posible. El futuro se abre como una puerta que todavía nadie ha cruzado.
Y entonces comienza la imaginación.
Si se endurecieran las medidas de seguridad, podría reducirse determinada amenaza.
Si aumentara la vigilancia, podría disminuir el delito.
Si se restringieran determinadas libertades en nombre de la seguridad, podría aparecer una sociedad más controlada.
El potencial se limita a calcular sin afirmar nada.
Pero el miedo arrecia con una habilidad extraordinaria para borrar los tiempos verbales.
Después de la ceremonia de posesión de Abelardo de la Espriella, muchas personas han empezado precisamente ahí: en el potencial. No es necesario compartir una posición política determinada para hacerlo. Basta con preguntarse qué podría ocurrir.
Si gobierna de esta manera, quizá ocurra esto.
Si adopta determinadas decisiones, quizá suceda aquello.
Si se cumplen determinadas promesas, el país podría cambiar.
Si determinadas tendencias se consolidan, podríamos encontrarnos ante una sociedad distinta.
Todo eso pertenece todavía al territorio de lo potencial.
El problema aparece cuando el potencial empieza a presentarse como real.
La frase era:
Si ocurriera esto, podría suceder aquello.
Pero el miedo la transforma:
Cuando ocurra esto, sucederá aquello.
Y después:
Esto va a ocurrir.
Y finalmente:
Esto ya está ocurriendo.
Hemos recorrido, en unas pocas líneas, el trayecto completo que va de la hipótesis al pánico.
La distopía suele nacer en ese trayecto.
Pero todavía falta una tercera categoría: lo irreal.
El irreal no habla simplemente de aquello que puede suceder. Habla de aquello que no sucedió, de aquello que imaginamos contra los hechos, de aquello que pertenece a una realidad alternativa.
Si hubiera ocurrido esto, habría sucedido aquello.
La política está llena de irrealidades retrospectivas.
Si el otro hubiera ganado, el país sería ahora otro.
Si aquella ley no se hubiera aprobado, viviríamos de otra manera.
Si aquel gobierno hubiera tomado otra decisión, todo habría sido distinto.
Y también está la variante más poderosa, la que alimenta buena parte de nuestras distopías privadas:
Si llegara a ocurrir aquello, estaríamos perdidos.
No ha ocurrido.
Pero ya lo hemos vivido.
Esa es una de las peculiaridades del miedo político: consigue convertir una oración irreal en una experiencia emocional real.
El ciudadano puede sufrir por un acontecimiento que no ha sucedido, no sucederá o quizá nunca llegue a suceder. Basta con que la sintaxis sea convincente.
La distopía es, en buena medida, el arte de hacer emocionalmente real lo gramaticalmente hipotético.
Supongamos, por ejemplo, que una sociedad decide aumentar la vigilancia para proteger a sus ciudadanos.
En el territorio de lo real:
Si se instala una cámara, la cámara vigila.
En el potencial:
Si se instalaran cámaras en todas partes, podría aumentar la vigilancia sobre los ciudadanos.
En el irreal:
Si se hubieran instalado cámaras en todas partes, habríamos terminado viviendo bajo vigilancia permanente.
Tres tiempos psicológicos. Tres distancias respecto de los hechos. Tres maneras de fabricar una realidad.
La distopía literaria conoce perfectamente esta mecánica. Toma una posibilidad y la convierte en mundo. Orwell, Huxley, Bradbury: cada uno de ellos, a su manera, preguntó qué sucedería si determinadas tendencias de su presente fueran llevadas hasta sus últimas consecuencias.
La literatura dice:
Si esto continúa, imaginemos aquello.
La propaganda dice:
Esto continuará y, por tanto, aquello sucederá.
Y el miedo ciudadano, que suele ser más literario que político, dice:
Si esto llegara a pasar, no sé qué sería de nosotros.
No son la misma frase.
Deberíamos conservar esa diferencia.
Porque una democracia sana necesita distinguir cuidadosamente entre lo real, lo potencial y lo irreal.
Lo real exige comprobación.
Lo potencial exige prudencia.
Lo irreal exige imaginación.
El problema comienza cuando confundimos los tres.
Cuando tratamos como real aquello que solamente es potencial, fabricamos alarmas.
Cuando tratamos como potencial aquello que ya es real, fabricamos ingenuidades.
Y cuando tratamos como real aquello que solo pertenece a una hipótesis irreal, fabricamos fantasmas.
Los fantasmas políticos tienen además una ventaja sobre los demás: no necesitan existir para producir consecuencias.
Basta con temerlos.
Por eso, después de una ceremonia de posesión, convendría escuchar con atención los verbos y los modos.
No es lo mismo decir:
Si ocurre, veremos.
que decir:
Si ocurriera, podría ocurrir.
ni que decir:
Si hubiera ocurrido, habría ocurrido.
La primera frase mira los hechos.
La segunda mira el futuro.
La tercera mira un pasado que nunca existió.
Y entre las tres se extiende casi toda nuestra capacidad para tener miedo.
La ceremonia termina. Las fotografías circulan. Los discursos comienzan a ser comentados. Unos celebran. Otros sospechan. Algunos esperan. Otros imaginan el desastre.
Y entonces aparece, inevitablemente, el pequeño monstruo de la sintaxis:
si.
Si el poder escucha, quizá el país encuentre una forma de convivencia.
Si no escucha, quizá aumente la confrontación.
Siempre que las instituciones funcionen, habrá límites.
A menos que el poder intente saltárselos, habrá mecanismos de defensa.
Con tal de que la discrepancia siga siendo legítima, podremos seguir discutiendo.
En caso de que se produzcan abusos, habrá que denunciarlos.
Salvo que confundamos la política con una guerra absoluta, todavía quedará espacio para el desacuerdo.
Todo esto pertenece al futuro posible.
Pero todavía podemos construir otra oración:
Si hubiéramos decidido que todo está perdido antes de que ocurriera nada, habríamos entregado el futuro a nuestros propios temores.
Esa sí es una distopía.
Una distopía sin policía secreta, sin cámaras, sin cárceles futuristas y sin ministerios con nombres siniestros.
Una distopía gramatical.
La que empieza cuando dejamos de distinguir entre lo real, lo potencial y lo irreal.
Porque el miedo necesita que el potencial parezca real.
La nostalgia necesita que lo irreal parezca recuperable.
Y el poder necesita, a menudo, que confundamos lo posible con lo inevitable.
La literatura, en cambio, conserva el «si».
Y quizá por eso siga siendo necesaria.
Porque mientras podamos decir si, todavía podemos decir también quizá.
Mientras exista el quizá, existe la posibilidad.
Y mientras exista la posibilidad, el futuro no pertenece enteramente a nadie.
Ni siquiera al miedo.



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