Nostos
- acueval83

- 26 jul
- 2 min de lectura

No importa si el perro reconoce tu olor o ladra como si fueras un intruso. No importa si Penélope ha terminado al fin el sudario o sigue destejiendo la tarde para engañar al tiempo. No importa si los olivos continúan donde los dejaste, retorcidos como las manos de los viejos, o si el viento ha aprendido otro alfabeto. Regresar a Ítaca es descubrir que el mar también desembarca contigo. Traes todavía en la piel la sal de archipiélagos sin nombre, el aliento negro de las tormentas, la paciencia mineral de los faros, el idioma obstinado de las gaviotas. Y todo eso no encuentra acomodo entre las paredes de la casa. La casa... ese animal inmóvil, ese viejo mamífero doméstico que lleva veinte años alimentándose de tu ausencia. También las casas envejecen: se les llenan las arterias de polvo y las ventanas quedan impregnadas de una melancolía que no figura en ningún catastro. La puerta cruje como una herida que recuerda. Las habitaciones han aprendido a respirar sin ti. Las sillas conservan la forma de un cuerpo distinto. La luz cae sobre los objetos con la indiferencia con que cae la hojarasca sobre las tumbas.
Regresas a Ítaca y sospechas de las higueras, de la sombra del pozo, del humo que asciende recto como una plegaria ya olvidada. Todo parece igual. Nada lo es. Hasta el polvo ha cambiado de sangre. Las rocas del camino te miran con los ojos vacíos de quienes han sobrevivido demasiado. La tarde, con su elegante vulgaridad de siempre, finge que nada ha ocurrido. Comprendes entonces que no eran las islas las que estaban lejos. Eras tú. Tú, deshilachado por las mareas, zurcido con atardeceres, cosido a la noche por agujas de estrellas. Vuelves más antiguo que tu propia memoria, más cansado que el primer dios, más extranjero que el último náufrago.
Has aprendido que cada victoria es un cementerio bien iluminado, que los lestrigones no vivían en las cuevas. Esperaban pacientemente dentro de tu nombre. Allí tenían su patria, su despacho y su paciencia. Regresar a Ítaca es quitarse la armadura y descubrir debajo otra armadura más profunda: la del tiempo. El tiempo, ese sastre ciego que siempre termina por acertar con nuestra talla. Ya no sabes si abrazas a los tuyos o abrazas únicamente la imagen que conservabas de ellos. La juventud se ha podrido dulcemente como una manzana vieja. El padre resulta apenas una sombra que sostiene otra sombra. La madre es una lámpara consumiéndose despacio olvidada sobre una mesa.
Y Penélope... también ella ha regresado de un viaje que nunca hizo. Ha navegado por el océano inmóvil de la espera, que suele ser más cruel que todos los mares de Homero. Los dos os contempláis como dos supervivientes de incendios diferentes. Entonces lo comprendes. Ítaca solo era la última ilusión que el mar te había permitido conservar. El verdadero viaje consistía en perderla. Porque nadie vuelve. Solo llegan restos, madera golpeada por las olas, velas desgarradas, anclas cubiertas de óxido y un puñado de desidia escondida entre las costillas.



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