Jardín de Freud
- acueval83

- hace 5 días
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Soy una mata excesiva
en este jardín.
He oxidado el aire con mi voz.
He sepultado la música.
Tengo huesos de ciudad
antigua destruida y carne
que le pesa al día.
Mi memoria fragmentada
sólo anuncia la tristeza fatalista
del otoño.
No obstante, aquí se perfecciona
la bóveda que nos cubre.
Desde este rincón, el cesto
de frutas de mi biografía
se renueva por sí solo.
Los árboles son arpas y rasgan
las nubes del cielo.
La vegetación juega con
los estudiantes
como un puma cetrino
con una bandada
de golondrinas.
Ellos son las entrañas
de una armonía indescifrable
que se consume lentamente.
El sol los achicharra de verde,
azul y amarillo.
Escucho sus adentros
de estopa y conversación,
de risa y juego.
La incoherencia volátil
de sus voces
guarda más razón y lirismo
que todos los sistemas
concebidos.
El vaho juvenil se seca
en un monumento,
coito de roca y dualidad, erigido
entre equinoccios y solsticios.
Qué vértigo fuera del campus,
qué desolación de personas grises
con sus jornadas
de cemento y ruido. Es un derrumbe
inverso a cada uno
de los latidos hacia la luz
de esta mole. Ya al atardecer,
el reflejo del sol
en la rana indígena
de su cúspide produce
un relieve del tiempo
granado. Un rayo la atraviesa
y la fecunda
(sale por la cabeza de
un espermatozoide, renace
un gigante dormido). Se vive
la epifanía de todo lo que cuaja
sin ser visto. El oro cálido
de su inocencia queda
abandonado
en la tierra y yo lo recojo,
cuidadoso,
con manos de mendigo.



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