Sobre la guerra y el sexo
- acueval83

- 4 mar
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Actualizado: 5 mar

De la guerra nace el heroísmo,
dicen,
como si el hierro supiera engendrar
otra cosa que no fuera su propia herrumbre.
Y, sin embargo,
en medio del humo —ese incienso sucio del mundo—
un hombre levanta a otro hombre,
lo carga sobre su espalda atravesada por la metralla;
y en ese gesto mínimo
arde una claridad antigua,
una brasa que no se deja apagar por la noche.
De la guerra nace el heroísmo
como de la tierra removida brotan
las primeras ortigas de marzo.
No hay pureza en su origen,
solo furia y barro,
solo un latido que insiste
cuando todo parece haber enmudecido.
También del sexo —animal fulgor,
tormenta que desata los cuerpos—
surge a veces el amor,
igual que un manantial secreto
que se abre paso entre las raíces.
No siempre ocurre.
A menudo el deseo es un relámpago sin memoria,
una llamarada que no deja ceniza fértil.
Pero hay noches
en que la piel se convierte en territorio sagrado,
y el temblor no es hambre sino reconocimiento,
como si dos criaturas errantes
descubrieran en el otro
la casa que ignoraban estar buscando.
Así crecen estos milagros:
árboles mustios en el invierno,
troncos desnudos,
heridos por el viento,
esperando —sin saberlo—
los brotes coloridos de la primavera.
Nada garantiza la estación nueva.
El frío puede prolongarse indefinidamente
y la savia retirarse a lo más hondo.
Pero en el corazón del invierno
hay una paciencia vegetal,
una fe que no pronuncia su nombre,
una respiración subterránea
que prepara la luz.
De la guerra nace el heroísmo.
Del sexo surge el amor.
Y entre ambos extremos —
sangre y semilla—
la vida, obstinada,
vuelve a levantar su follaje
sobre la ruina.



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