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Mario Vargas Llosa en Asturias

  • Foto del escritor: acueval83
    acueval83
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

Sabemos de numerosos escritores que han viajado con la maleta de mano siempre a medio hacer, y que han convertido cada ciudad en un capítulo de su biografía secreta. Vargas Llosa fue uno de ellos: un nómada literario que, sin dejar de ser radicalmente peruano —limeño hasta la médula—, se paseaba con idéntica naturalidad por París, Madrid o Piura. Y también por Asturias, que, contra todo pronóstico, terminó por convertirse en un rincón decisivo de su mapa sentimental y literario. No vivió nunca en el Principado, ni tuvo casa en el Cantábrico, pero sus regresos, discretos y periódicos, tejieron un lazo más firme que el de muchas residencias prolongadas.

Su desembarco más llamativo se produjo en Gijón, en la Semana Negra, aquel festival irreverente que convirtió los muelles y las casetas en ágora literaria y feria popular. Allí se vio a Vargas Llosa pasear sin séquito, responder con paciencia a preguntas ingenuas y a impertinencias de manual y firmar ejemplares a lectores que lo abordaban como si fuera un vecino más del mercado. En un certamen concebido como fiesta de cercanía, encajó con una naturalidad sorprendente: el clásico reverenciado en Europa conversaba en Gijón de novelas como quien discute en la sobremesa sobre política o fútbol.

El segundo gran encuentro con Asturias fue más solemne: el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 1986. El Nobel aún estaba lejos, pero la obra ya pesaba como un corpus sólido. La ceremonia en el Campoamor, el discurso medido, los paseos por el Fontán y las fotos oficiales forman ya parte de esa iconografía ovetense que se guarda con celo y discreción. Pero lo sustantivo estaba en otra parte: en Oviedo, Vargas Llosa sentía el eco de la novela que más le había marcado, La Regenta, y de su autor, Leopoldo Alas Clarín. La ciudad que había dado vida a Ana Ozores y Fermín de Pas lo recibía como un descendiente literario. Y él, que veía en Clarín uno de los grandes modelos de la novela total del XIX, reconocía en Oviedo no solo un paisaje, sino un linaje.

Y Asturias, además, le regaló otro parentesco literario inesperado: Mario Vargas Llosa fue un incondicional lector de Corín Tellado. De su orgullo de conocerla personalmente hizo gala en multitud de ocasiones. Corría el año 1981 cuando publicaba en El Comercio un panegírico apasionado en homenaje a la escritora gijonesa, a la que consideraba “uno de los tesoros más singulares e internacionales” de la tierra asturiana. Años después aún evocaba aquella amistad con el entusiasmo del lector agradecido, consciente de que en la literatura popular de Tellado latía también un pulso narrativo capaz de conquistar medio mundo.

No fueron solo homenajes. Asturias fue también un remanso para el escritor que vivía siempre en el ojo del huracán político. Polémico, discutido, metido de lleno en los debates públicos, aquí parecía encontrar un sosiego distinto. En Oviedo y en Gijón se hablaba de libros, de teatro, de periodismo, con un tono menos crispado, como si la lluvia templara los ánimos. Una conversación en un café del Fontán o en una sidrería valía más que un debate en Lima o en Madrid.

Vargas Llosa nunca ocultó que su vínculo con Asturias estaba filtrado por la literatura. Si el Perú le dio la infancia y París la consagración, Asturias le dio la continuidad de una tradición española en la que se reconocía lector y heredero. De Clarín tomó la ironía, la sátira social, el aire de novela total donde lo provinciano se convierte en universal. Y de Corín Tellado, el reconocimiento de que también en la narrativa más humilde y cotidiana late la vocación universal de contar historias. Por eso, cuando hablaba de Oviedo, no podía evitar convocar siempre a Ana Ozores y al Magistral, pero tampoco olvidaba a aquellas heroínas sentimentales que conquistaron los kioscos de medio planeta.

En la vasta biografía de Vargas Llosa, Asturias fue un capítulo lateral, sí. Pero lateral no quiere decir menor. Hay territorios que permanecen en la memoria no por la frecuencia, sino por la intensidad. En el caso asturiano, se trenzan la Semana Negra, el Campoamor, los cafés y las sidras, el homenaje a Clarín y la devoción por Corín Tellado, los recuerdos solemnes y las conversaciones de sobremesa. Se trató de un mapa irregular, de campanas que suenan de tarde en tarde, pero que terminan marcando un compás.

Asturias no logró hacer de Vargas Llosa un vecino, pero sí un cómplice. Y acaso esa sea la forma más pura de pertenencia para alguien que habitó tantas patrias a la vez.

 
 
 

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