Broadway
- acueval83

- hace 23 minutos
- 2 Min. de lectura

Voy vagando por estas calles como quien se deja arrastrar por la resaca de un sueño eléctrico. Empiezo por el Velasco Theater, nombre de provincias que parece puesto aquí a destiempo, y sigo caminando entre marquesinas que no se apagan nunca, aunque la noche ya no tenga nada que decir. Si alguien le ha contado que Broadway está muerto, no lo crea. Las cifras son obscenas, como todo en esta ciudad: casi doce millones de almas entregaron seiscientos sesenta y seis millones de dólares a la liturgia de los musicales. El muerto goza de una salud pornográfica.
Broadway es eso: un cadáver maquillado que se obstina en levantarse cada noche. Y yo, paseante sin cita ni función, me siento espectador gratuito de su resucitar. Los carteles, con sus letras gordas y chillones colores, son los epitafios luminosos de un cementerio donde los difuntos se niegan a quedarse quietos. Camino, y la calle misma es el teatro: el violinista que desafina a propósito para vender compasión, la pareja que se besa contra un escaparate como si les pagaran, el actor que sale a fumar tras la función y ya no recuerda si está dentro o fuera del guion. Aquí todo es función continua. El teatro no muere porque Nueva York —tan hortera y tan sublime— no sabe morirse nunca. Y, sin embargo, siento que en cada esquina se representa también mi propia incredulidad. Los turistas, con sus cámaras en alto, hacen de público entusiasta; los mendigos, con su repertorio de miserias, son el coro inevitable. Entre ambos extremos, uno camina como quien atraviesa un escenario donde se repite a diario la misma obra con actores distintos.
El aire huele a humo y perfume barato, a palomitas y maquillaje corrido. Los taxis son carruajes amarillos que esperan a los príncipes descalzos de la madrugada. La ciudad, con su gesto de diva fatigada, sonríe a pesar de las arrugas: sabe que el público la seguirá aplaudiendo aunque repita el mismo papel por enésima vez.
Y yo, en medio de todo, avanzo con la sospecha de que la verdadera función no está tras el telón, sino aquí mismo, en la acera: una representación interminable, grotesca y fascinante, donde todos —los que llegan, los que miran, los que venden, los que fingen— somos actores sin contrato y sin descanso.



Comentarios