Ciudadela escolar
- acueval83

- 14 abr 2024
- 2 Min. de lectura

Esto es una confesión:
Yo me morí
hace muchos años,
escalando
en una cordillera inhóspita,
al otro lado del océano.
Y, ahora, hablo
desde este lugar privilegiado.
Ni estoy en el Cielo,
quiero decir,
en el Infierno de los masoquistas;
ni tampoco estoy en el Infierno,
quiero decir,
en el Cielo de los sádicos.
No sé si la vida me entregó
lo que merecía.
De lo que sí estoy seguro
es de que el más allá
me ha otorgado
mi propia justicia poética,
mi propio karma.
La energía derivada de mis actos
me ha destinado a deambular
entre quienes creen que mandan
y quienes no obedecen.
Y por eso mis días transitan
ahora
por esta ciudadela escolar,
ideada desde hace mucho
por una suerte de místico delirante.
No hay casi altares aquí,
aunque está repleta de incensarios
y zonas verdes.
Se acomoda en ellas
una legión de empíreos,
asisten a alguna liturgia
apocalíptica
o a algún desquiciamiento
de los mundos.
A un extremo de la ciudadela
descuella
un colosal Buda de Oro,
secundado por un séquito
también de oro;
como luciente
y monstruosa cola
de un pavo real.
También pululan
espantajos de pesadilla,
en parte diablos
y en parte difuntos.
Son los eunucos, privados
de su sensualidad académica,
se resignan a administrar
lo que pueden.
En la penumbra de los templos,
me acogen las gradas
de los mil sabios
(quinientos a la derecha
y quinientos a la izquierda):
fealdades refinadas y científicas,
ya casi desolladas,
al igual que yo,
con todos los tintes de la carne
en vivo o en putrefacción.
No se oyen voces claras,
sólo un murmullo velado,
lejano, desconocido…
a la manera del zumbido
de un enorme moscardón.
Miramos todos
hacia el mismo punto,
hacia el fondo de regiones
inexistentes,
con nuestra paciencia
de seres eternos.
Pero mi verdadera misión
es oficiar en capillas asépticas
donde se interna un ejército
inmóvil
de una simetría interminable.
Conforman al unísono
un solo ser de setenta brazos.
Me miran y escuchan
con la actitud tranquila
de la oración.
Y yo me quedo ahí,
al frente,
rodeado de aureola,
con rigidez egipcia
para dictarles mi lista
de preceptos:
· La lectura y las conferencias nos impiden despertar.
· La sabiduría es una parranda de palabras huecas.
· La muerte resulta una oportunidad única para dormir.
· La novocaína nos hará libres.



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