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Cien años del Círculo Lingüístico de Praga

  • Foto del escritor: acueval83
    acueval83
  • 27 may
  • 4 min de lectura

¿Y cómo debería conmemorarse el centenario de esta conspiración intelectual? No lo sé. Quizás encendiendo una lámpara verde sobre un escritorio lleno de papeles, sin necesidad de congresos solemnes ni desfiles académicos por avenidas húmedas. Porque El Círculo Lingüístico de Praga nació con el pequeño impetu de constituir una sociedad discreta y terminó modificando silenciosamente la respiración cultural de un siglo entero.


Todo empezó en una ciudad donde incluso los adoquines parecen redactados por Franz Kafka. En 1926, un puñado de lingüistas, filólogos y exiliados rusos decidió reunirse para hablar de algo tan aparentemente inocente como el lenguaje. Ya sabemos cómo suele terminar algo así. Uno empieza discutiendo sobre los fonemas y acaba transformando la manera en que Occidente entiende la poesía, el folklore, la novela, el cine y hasta el silencio entre dos palabras.


Hoy cuesta explicar el entusiasmo casi religioso que despertaba entonces la lingüística. El estructuralismo conservaba todavía un brillo metálico, moderno, de locomotora intelectual. Europa creía en los sistemas con la misma fe ingenua y práctica con que creía en la electricidad. Y en medio de aquella fiebre aparecieron figuras como Roman Jakobson, Nikolái Trubetzkoy o Jan Mukařovský, hombres que hablaban de la lengua con la pasión con la que otros hablaban de revoluciones o de mujeres imposibles.


A veces sospecho que la lingüística del siglo XX solo fue una forma elegante de melancolía centroeuropea. Mientras los políticos preparaban guerras y fronteras, aquellos profesores afinaban categorías gramaticales en cafés llenos de humo. Se producía algo heroico y ligeramente inútil en semejante empeño, como quien ordena cuidadosamente una biblioteca mientras el edificio empieza a arder.


Pero el gran hallazgo de Praga no consistió únicamente en estudiar el lenguaje como un sistema. Su verdadera audacia fue comprender que la literatura no utiliza la lengua del mismo modo que una receta médica o un informe policial. Para Jakobson, la llamada función poética surgía cuando el lenguaje dejaba de mirar exclusivamente hacia el mundo y comenzaba a mirarse a sí mismo. El poema ya no era solamente aquello que dice algo, sino aquello que exhibe la manera en que lo dice. Las palabras adquirían espesor, brillo material, textura sonora. El mensaje llamaba la atención sobre su propia arquitectura, como esas catedrales que parecen conscientes de su belleza.


La poesía dejó entonces de ser una simple emoción decorada y pasó a convertirse en un mecanismo verbal de precisión. El ritmo, la aliteración, la sintaxis, las repeticiones: todo participaba de una maquinaria estética destinada a perturbar la percepción automática del lector. Los praguenses heredaron de los formalistas rusos aquella noción maravillosa del extrañamiento: el arte debía devolver rareza a las cosas comunes. La literatura alteraba deliberadamente las normas del lenguaje cotidiano para impedir que el mundo se volviera invisible por costumbre. Después de todo, la rutina es la forma más barata de ceguera.


Y así apareció otra de las obsesiones del grupo: la obra literaria entendida como estructura. Jan Mukařovský imaginó el texto artístico como un sistema dinámico de signos donde cada elemento existe en tensión con los demás. Nada resulta casual dentro de la obra: un adjetivo modifica el valor de un símbolo; una pausa altera el equilibrio entero del poema. La literatura comenzó a parecerse menos a un desahogo sentimental y más a un organismo vivo lleno de jerarquías, oposiciones y delicados engranajes internos.


La vieja filología románica —tan enamorada de las etimologías como una viuda de las fotografías antiguas— empezó entonces a perder terreno frente a esta mirada clínica y funcional. Ya no bastaba con averiguar de dónde venía una palabra; importaba comprender qué hacía dentro del sistema. El idioma dejó de ser un cementerio de raíces latinas para convertirse en una red activa de relaciones. Y la palabra “sintagma”, gracias a ellos, adquirió una dignidad casi aristocrática.


Naturalmente, también descubrieron algo todavía más incómodo: que la obra de arte no vive encerrada en sí misma. Mukařovský comprendió que el valor estético depende del lector y de su época. La literatura no posee un significado fijo como una inscripción funeraria. Cada generación reorganiza las jerarquías de lo bello y reactiva los textos según sus propias obsesiones. La obra existe apenas como una posibilidad latente hasta que alguien la lee y la completa en su conciencia. En cierto sentido, toda lectura es una pequeña resurrección privada.


Quizás por eso el lenguaje poético les interesaba tanto. Mientras el lenguaje cotidiano aspira a la claridad y la univocidad —ese miserable sueño burocrático de que cada palabra signifique una sola cosa— la poesía multiplica sentidos. En el texto literario, los sonidos dialogan con las imágenes, las estructuras sintácticas producen ecos secretos, las palabras se reflejan unas a otras como espejos enfrentados en un hotel antiguo. El signo poético es esencialmente polisémico: nunca termina de decir del todo aquello que dice. Y acaso ahí reside su elegancia.


Luego llegó la Historia —esa portera brutal de Europa— y apagó muchas luces. Las guerras, los totalitarismos, los exilios. Jakobson huyendo. Trubetzkoy muriendo demasiado pronto. Praga convirtiéndose lentamente en una postal triste del siglo XX. Pero las ideas sobrevivieron con la obstinación de las malas hierbas. Pasaron a Francia, fecundaron el estructuralismo, alimentaron a Claude Lévi-Strauss, rozaron a Roland Barthes y terminaron infiltrándose incluso en departamentos universitarios donde ya nadie recordaba bien su procedencia.


Hoy, cien años después, el estructuralismo posee cierto aire de mueble escandinavo de segunda mano: elegante, funcional, ligeramente pasado de moda. Vivimos tiempos menos sistemáticos y bastante más histéricos. La gente ya no cree en las estructuras; cree en los algoritmos, que vienen a ser lo mismo pero sin bibliotecas ni humo de tabaco. Sin embargo, conviene volver de vez en cuando a aquellos textos del Círculo Lingüístico de Praga para recordar una idea elemental y todavía perturbadora: que el lenguaje no refleja simplemente el mundo, sino que lo organiza.


Quizá por eso produce vértigo imaginar a aquellos hombres reunidos en cafés de Praga mientras afuera nevaba sobre Europa. Discutían sobre vocales, metáforas y funciones estéticas, pero también estaban diseñando —sin saberlo— la arquitectura invisible del siglo XX. Y hay algo profundamente conmovedor en aquella vieja fe según la cual entender mejor las palabras podía ayudarnos a entender mejor la realidad.


Quizás solo fue una superstición hermosa.


Tal vez fue la última superstición elegante de Europa.


 
 
 

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