Épica de supermercado
- acueval83

- 8 may
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Esta mañana estuve comprando en una de esas grandes superficies comerciales con mi esposa. Ella pensaba que caminaba por allí aburrido, pero en realidad estaba dándome un baño de ego y virilidad. Sé que me ha tocado vivir en una época bien distinta a aquella en la cual los señores salían de su refugio con una lanza para regresar con un poco de proteína a casa. Y es que aquí se respira algo distinto, una forma domesticada —y quizá más sutil— de aquella antigua ceremonia del sustento. Lejos de la estepa y el acecho, la actividad se vuelve coreografía silenciosa entre estanterías. En este recinto, todo se centra en la elección precisa de la carne, en el cálculo casi instintivo del peso, o en la mirada que evalúa sin prisa, como si en ese gesto se jugara algo más que la cena.
El supermercado, con su luz blanca y uniforme —una claridad sin matices, casi quirúrgica—, se despliega como una ciudad ordenada donde cada pasillo ejerce su propia visión de la ética. En la sección de frutas, los colores parecen impostados, demasiado perfectos para ser del todo inocentes: manzanas bruñidas como si alguien las hubiera pulido con paciencia monástica, aguacates alineados según una lógica que solo entiende quien sabe distinguir el punto exacto entre lo duro y lo inútil. Más adelante, el reino de los lácteos emite un frío constante, casi ideológico, como si la conservación fuera una propuesta tecnológica para el alcance de la posteridad. Los yogures, dispuestos en filas interminables, ofrecen una promesa de bienestar que roza lo publicitario, lo aspiracional.
Mientras empujaba el carrito, con esa parsimonia estudiada de quien parece no buscar nada y sin embargo lo está encontrando todo, sentía que participaba de una liturgia menor, contemporánea, donde la virilidad ya no se mide por la lanza sino por la certeza —más íntima, de una épica sui géneris— de saber proveer. No era aburrimiento lo que me habitaba, sino una forma discreta de orgullo, una autosuficiencia sin ruido, de cierta distinción.
En el pasillo de productos de limpieza, el aire cambia. Se respira una agresividad química, un orden que se impone a golpe de fragancias sintéticas —limón imposible, pino idealizado— que prometen borrar cualquier rastro de vida anterior. Allí, entre detergentes y desinfectantes, uno intuye que la vida actual alimenta, purifica, corrige y disuelve hasta el último vestigio de desorden. Luego están los electrodomésticos, expuestos con una solemnidad casi museística: cafeteras relucientes, aspiradoras erguidas como animales dóciles, hornos que prometen precisión y control. Todo parece susurrar la idea de que el día a día debe ser sometido, optimizado, reducido a un conjunto de decisiones eficaces.
Entre esos dos extremos —la luz blanca del supermercado y la penumbra de una memoria que no termina de extinguirse— se abría una zona intermedia, ambigua, donde el gesto cotidiano adquiría una gravedad inesperada. Cada producto elegido parecía contener una pequeña decisión ancestral disfrazada de rutina, como si el acto de comprar se hubiera convertido en una ceremonia consustancial y consecuente al cortejo entre mamíferos. No sé si tan épico, desde luego, pero tampoco del todo banal. Más bien se trataba de una negociación silenciosa entre lo que fuimos y lo que fingimos ser, entre el impulso de cazar y la costumbre de pagar en caja.
Quizá mi esposa veía a un hombre perdido entre pasillos fluorescentes, distraído ante la abundancia casi obscena de opciones: cereales que prometen una infancia prolongada, vinos que ensayan una sofisticación al alcance de cualquiera, panes industriales que imitan —sin lograrlo del todo— la dignidad de lo artesanal. Yo, en cambio, me sabía —aunque fuera por un instante— heredero de algo más remoto y temprano, más elemental, como si entre las bandejas de proteína envasada, entre los códigos de barras y las ofertas de temporada, todavía quedara un rescoldo primitivo de caza, de invierno y de hogar.



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