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Transmilenio, crónica de rojo y gris

  • Foto del escritor: acueval83
    acueval83
  • 12 may
  • 3 min de lectura

¿Qué pasaría si esta ciudad solo existiera de verdad cuando uno la atraviesa sentado? Bogotá, por ejemplo, no se comprende desde los cerros ni desde las fotografías aéreas con las que los alcaldes adornan sus informes de gestión. Bogotá se entiende desde un bus de TransMilenio, una de esas bestias rojas y articuladas que jadean por la Caracas como si transportaran la monotonía de un país.


Me subí en la estación de la Calle 45 con 30 un jueves lluvioso, a esa hora en que la tarde empieza a oler a chaqueta mojada y a pan barato. Frente a mí, un muchacho dormitaba abrazado a una carpeta de plástico donde alguien había escrito con marcador negro: “Hoja de vida”. Dormía con la dignidad torpe de quienes todavía creen que el día siguiente será distinto. A su lado, una mujer corregía cuadernos escolares mientras el bus daba sacudidas bruscas, y cada tachón rojo parecía una pequeña herida abierta sobre las hojas cuadriculadas.


En TransMilenio nadie mira a nadie, pero todos se observan. Es una diferencia importante. Mirar implica curiosidad; observar, en cambio, es una forma de defensa. Uno aprende pronto a detectar al vendedor de chocolates, al predicador evangélico o al carterista sentimental que pide disculpas antes de robarte el teléfono. La ciudad ha convertido la sospecha en un reflejo muscular.


A veces pienso que Bogotá entera cabe en uno de esos buses articulados. Está el ejecutivo que habla por celular como si dirigiera Wall Street desde un asiento azul lleno de mugre. Está la anciana que carga tres bolsas y un agotamiento de sesenta años. Está el universitario que lee a Foucault con expresión de hambre. Está la pareja adolescente que se besa con esa desesperación de quienes todavía no saben que la pasión suele ahogarse en un apartamento con cuentas atrasadas y silencios largos.


Y luego están los que viajan mirando por la ventana, aunque afuera no haya nada. Son los más peligrosos. Porque quien mira así la ciudad está huyendo de ella. Recuerdo especialmente a un hombre de bigote triste que subió en Ricaurte y permaneció inmóvil hasta la última estación. Llevaba un ramo de flores envuelto en papel periódico. Nadie compra flores en TransMilenio para celebrar algo. Las flores allí siempre parecen pedir perdón. A ratos el bus se detenía demasiado tiempo en una estación y entonces algunos levantaban la cabeza con una resignación antigua, la de quien ya no espera llegar puntual a ninguna parte importante. Fue ahí cuando empecé a mirar a los pasajeros como apariciones provisionales, criaturas sostenidas apenas por la inercia del recorrido.


El bus avanzaba lentamente por la Caracas mientras afuera la lluvia iba borrando los edificios. Bogotá bajo el agua adquiere algo de ciudad soviética: un gris disciplinado, resignado, como si la gente hubiera nacido ya sabiendo lo que le espera. Y de pronto tuve la impresión de que todos obedecíamos un guion invisible, una especie de sueño colectivo urdido entre el vapor de las ventanas y la lluvia interminable. Bogotá entera parecía suspendida en ese instante viscoso, como si la ciudad no fuera del todo real. Nosotros apenas estábamos esperando que alguien, desde otro sitio, recordara seguir imaginándonos como pensamientos ajenos, como ocurrencias fugitivas de alguien dormido en otro lugar.


Tal vez la señora que tejía junto a la puerta estaba inventándonos a todos con el movimiento mecánico de sus agujas. Tal vez el muchacho de la carpeta jamás encontraría trabajo porque solo existía mientras ella siguiera soñándolo.

 
 
 

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