Paréntesis autobiográfico
- acueval83

- 18 may
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Resulta curioso este oficio mío.
Este quehacer cotidiano de practicar
la autopsia a las palabras
(las recojo con el traje roto y
el cuerpo herido en los pasillos).
De vez en cuando, ellas mismas
me lanzan acertados reproches:
"no haces nada para salvarnos",
"te limitas a empuñar un escalpelo,
nos diseccionas".
Jamás les hago caso.
Como modesto sacerdote que soy,
siempre las utilizo para oficiar
un solemne rito.
Y, en efecto, les saco las tripas
(las levanto con la mano
ante mi parroquia,
paciente y variopinta).
Intento explicar sus íntimos vínculos
(trazo incomprensibles silogismos
en el aire,
muestro la señal de una cruz
que no es la de Cristo).
Al pie de una camilla,
les demuestro a mis feligreses
mi sapiencia
en la extracción del páncreas
a un epíteto,
en la presión de la aorta a un nombre
(palidece y se camufla),
en la flexión de un verbo
hasta romperlo.
Después de la ceremonia,
ya en la soledad de mi casa,
las mismas palabras
me sorprenden iridiscentes y ávidas
en la sala: "te morderemos
tu pensamiento distraído",
"te clavaremos las
uñas venenosas
en tu sombría memoria",
"empañaremos con nuestro aliento
los dulces cabos de brisa
que te atan a la vida".
Y de esta manera,
reconozco en ellas,
noche tras noche,
al fin, y tarde,
mi furiosa insidia.



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