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Nunca respondas "NO"

  • Foto del escritor: acueval83
    acueval83
  • 15 may
  • 3 min de lectura

Debo confesar mi ingenuidad, siempre he creído en la lengua como herramienta para aclarar la vida. Y muchas veces me he resistido a pensar en la rotundidad de las palabras como fabricantes y constructoras del mundo. Cada enunciado resulta en una pequeña obra pública levantada en el cerebro ajeno. Uno dice “hogar” y aparecen lámparas encendidas; dice “hospital” y ya huele a lejía. Por eso resulta tan inocente —y tan frecuente— la costumbre de responder ante una acusación negando el hecho aludido.


Nunca le des importancia a una acusación. Empezar negando la injuria es meter el pie en el cepo del enredo retórico. Es una rendición psicológica, es una cortesía involuntaria hacia el agresor. La gente piensa que negar equivale a desmontar una acusación, cuando lo que en realidad ocurre es que la consolida. El pensamiento, que es un animal bastante perezoso, registra primero las imágenes y después —si tiene tiempo— procesa las negaciones. Por eso, cuando alguien afirma “no somos criminales”, lo único verdaderamente sólido que queda flotando en la conversación es el concepto "criminal". La negación llega tarde, como esos abogados que aparecen cuando el condenado ya está frente al pelotón de fusilamiento.


George Lakoff lo explicó con un ejemplo magnífico: “No pienses en un elefante”. Naturalmente, el elefante aparece enseguida, enorme y ridículo, ocupando toda la habitación mental. Nadie recuerda después la prohibición. Solo queda el animal. Con las acusaciones sucede igual. “Nuestros estudiantes no son violentos”, “mi partido no es corrupto”, “yo no soy un fracasado”. El apelativo maldito ya ha entrado en la casa y se ha apoderado del sofá. La negación apenas le ofrece una manta.


Existe además algo profundamente humillante en responder dentro del marco del otro. Es aceptar las reglas de un juego diseñado para perder. Cuando alguien obliga a otro a defenderse, ya ha conquistado media batalla. El acusado cree estar aclarando, pero en realidad está cayendo en el juego perverso. Responde sobre el terreno elegido por el adversario, utilizando sus términos, respirando su atmósfera moral, iluminando precisamente aquello que debería dejar morir de inanición.


La lingüística pragmática llama a esto presuposición. El término suena académico y un poco alemán, pero describe una experiencia cotidiana. Porque toda negación acepta implícitamente el escenario de aquello que niega. Si una institución responde “nuestros estudiantes no son criminales”, ya ha admitido que la conversación gira alrededor del crimen y que sus estudiantes ocupan el banquillo imaginario. El marco queda intacto. Cambian únicamente los esfuerzos vulnerables y defensivos.


Las personas astutas —y sobre todo las peligrosamente intrigantes— nunca niegan: sustituyen, desplazan, redefinen. Comprenden que la única manera de derrotar una palabra es introducir otra más poderosa. El buen estratega no limpia el barro: cambia de camino. Mientras el ingenuo insiste en “no somos eso”, el hábil afirma “somos esto otro”. Y entonces la conversación cambia de temperatura.


Pienso, por ejemplo, en las movilizaciones de la comunidad universitaria donde alguna pancarta gastada declara, con letras funerarias, que “los estudiantes no son delincuentes”. Es una arenga tristísima porque ya llega derrotada. Mucho más eficaz sería responder: “Nuestros estudiantes son jóvenes dedicados al servicio, la investigación y la construcción de comunidad”. Obsérvese la diferencia. En la primera arenga, la imaginación colectiva ve piedras, disturbios y titulares policiales. En la segunda aparecen bibliotecas, proyectos sociales y muchachos ilusionados investigando y labrando el porvenir. La enunciación ha desplazado el decorado.


Toda comunicación pública es una disputa por las imágenes mentales. Quien impone las palabras impone la realidad. Y por eso negar resulta tan inútil: porque siempre reconoce el hachazo y la herida del enemigo, porque aviva el fuego de aquello que pretende apagar. Como esos padres torpes que dicen en mitad de la cena: “Aquí nadie está pensando en el divorcio”, justo antes de arruinar para siempre la sopa.


Con los años uno descubre que la madurez consiste, entre otras cosas, en aprender a no repetir las palabras ajenas. Ni en política, ni en el amor, ni en las discusiones familiares. Las parejas felices no dicen “no estamos mal”; dicen “estamos construyendo algo”. Los buenos entrenadores no gritan “no tengáis miedo”; hablan de valentía. Los sacerdotes inteligentes jamás predican contra el pecado: predican a favor de la gracia de Dios. Saben que la imaginación humana siempre corre hacia la imagen afirmativa.


Responder negando es quedarse viviendo en la casa mugrienta del adversario. La verdadera elegancia verbal consiste en mudarse de barrio antes de que empiece la discusión.

 
 
 

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