Museo Nicanor Piñole: relatos, silencio y luz
- acueval83

- 14 abr
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Actualizado: 15 abr

Algunas tardes parecen pedir un museo como quien pide refugio: sin demasiada épica, con una leve necesidad de orden. Gijón, esa ciudad que siempre atesora algo de puerto incluso en sus rincones más cerrados, ofrece el Museo Nicanor Piñole como una casa retirada, casi doméstica, donde la pintura simplemente se deja estar. Me acerqué en una de esas horas vespertinas en que la luz no termina de decidirse y el viento —esa brisa marina que en Gijón nunca es del todo inocente— empuja a entrar en algún sitio.
El antiguo Asilo Pola es un edificio que carece de una solemnidad excesiva, no acarrea ese aire de institución que a veces ahuyenta más que invita. Se entra como quien visita a alguien conocido, con un punto de discreción. Quizá por eso el museo para mí funciona: porque no abruma, porque basta con dejarse llevar por las salas, por ese silencio que nos obsequia una conversación muy baja entre cuadros. Piñole aparece poco a poco, como alguien que se va dejando reconocer. Uno encuentra en su pintura una fidelidad obstinada hacia lo cercano: escenas cotidianas, retratos sin impostura, paisajes que no necesitan dramatizarse para ser verdaderos. Pareciera que el pintor no buscaba tanto la belleza como la exactitud emocional de lo que veía.
En una de las primeras salas me detuve ante una procesión de pueblo, donde el fervor ignoraba cualquier tipo de afectación teatral: más bien resultaba una devoción contenida, casi silenciosa, que avanzaba sin alardes, como una religión sin folclore que se reivindica como una forma de respiración colectiva. Muy cerca, el cuadro titulado La Romería parecía continuar esa misma corriente, pero con otro pulso: la celebración se insinuaba, como si la fiesta fuese también una forma de recogimiento.
Me detuve más de lo previsto dentro de algunas estancias. En esas habitaciones la luz entraba con una timidez de antaño, con muebles que no pretendían decir nada y, sin embargo, lo decían todo. Sentí que la vida se detenía en un instante en un cuadro del Valle de Prendes donde la estación primaveral se posaba con delicadeza, como si el campo no quisiera despertar del todo. Disfruté mucho de la pintura de una fuente, donde lo rural era digno sin necesidad de énfasis: el agua, las figuras, el entorno, todo parecía participar de una misma modestia esencial.
Más adelante, el tono cambió ligeramente, como cambia la respiración cuando uno se acerca al mar. El impacto visual de unos estibadores me introdujo al peso del trabajo, a la materia áspera del puerto del Musel. En esos cuerpos sosteniendo cargas, en esa relación entre cuerpos, se reflejaba una gravedad callada, una conciencia de esfuerzo que no necesita ser subrayada. Me gustaría mencionar los retratos, o más bien esa manera particular de Piñole de mirar a las personas sin pedirles nada a cambio. En ese sentido, me llamó la atención un dibujo a lápiz sobre papel reutilizado de dos hermanas escuchando la radio. Compartí con esos dos personajes una atención suspendida, una escucha que parecía ir más allá de un aparato de radio, como si todo fuese apenas una excusa para compartir el silencio.
El museo, a esa hora, estaba casi vacío. Únicamente lo desmentía algún visitante solitario, pasos amortiguados y el leve crujido de la madera bajo los pies. Daba esa sensación —cada vez más rara— de que el tiempo se regalaba en su abundancia y disponibilidad. Pensé en lo poco que necesitamos a veces para sentirnos acompañados: un cuadro, una sala en penumbra, la conciencia de que alguien, hace años, miró el mundo con la misma mezcla de atención y cansancio.
Salí del edificio y allí mismo, en la Plaza de Europa, la tarde seguía esperándome sin entusiasmo. Pero uno lucía ya otro ánimo encima: una especie de calma ligera, como si el museo hubiera logrado ordenar, sin decirlo, algunas ideas dispersas. No es poco. Hay lugares que no pretenden cambiarnos y, sin embargo, nos dejan ligeramente desplazados. Caminé después sin rumbo, por las calles aledañas al café Dindurra, con la sensación —quizá ilusoria— de que algo había encajado: como cuando uno relee una página y descubre que ya no es la misma, o que no lo es uno. Y eso, en una tarde que prometía ser anodina, guarda algo de pequeño milagro.



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