Jodhpur, la obsesión azul
- acueval83

- 3 may
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Actualizado: 8 may

La ciudad amaneció un día más como un puñado de cielo que alguien dejó caer sobre la tierra y decidió no recoger. Jodhpur lucía un leve velo de claridad indecisa. Parecía que celebraba una liturgia ligeramente impostada con aires de compromiso. No sabría decir cuál, si un libro mal recordado, una fotografía que alguien dejó olvidada en la memoria, o quizá —pensé enseguida, con una puntualidad casi incómoda— con una versión anterior de mí mismo que había pasado por aquí en 1998.
Hasta aquel entonces yo no sabía todavía que regresaba. O, más bien, me costó asimilarlo al principio. Preferí instalarme en esa ficción más cómoda del viajero que llega por primera vez, como si la memoria fuera un equipaje opcional que uno puede dejar en la consigna. Pero la ciudad, desde el primer vistazo, no se dejó querer. Se ofrecía más bien como un enigma cromático, ese azul insistente se asemejaba menos a un color que a una manía, una obstinación casi dogmática que alguien hubiera decretado hace siglos y que nadie se hubiera atrevido a discutir. Y sin embargo, había algo —una esquina, un ángulo de luz, una forma de tender la ropa en las azoteas— que empezaba a resultarme sospechosamente familiar, como cuando uno reconoce una palabra en un idioma que creía olvidado.
La primera vez —a finales del siglo pasado, cuando los viajes conservaban todavía algo de hazaña logística y bastante de ingenuidad moral— llegué a Jodhpur con más equipaje y más certidumbres. Recuerdo vagamente las hojas finales de una guía de la India donde anotaba detalles que hoy me parecerían excesivos, un entusiasmo algo desordenado y la convicción —tan propia de la edad— de que los lugares estaban ahí para ser devorados y no para ser comprendidos. No sabría reconstruir aquel día con precisión. La memoria ha hecho su trabajo de edición, ha eliminado lo accesorio y ha dejado apenas unas cuantas imágenes sueltas, casi todas teñidas de ese mismo azul que ahora volvía a encontrar, ligeramente más cansado.
El hotel atesoraba la cortesía de lo provisional. En la habitación encontré una cama correcta, una ventana desde la que se veía un fragmento de azoteas y, al fondo, la silueta del fuerte, que dominaba la escena con una autoridad incontestable. Era el Fuerte de Mehrangarh, aunque entonces yo aún no había pronunciado su nombre con la familiaridad suficiente. La primera vez tampoco lo hice. Lo miré —eso sí lo recuerdo— con una mezcla de respeto y distracción, como si formara parte de un decorado demasiado grande para mi comprensión de entonces. Ahora, en cambio, su presencia imponía algo de insistencia personal, como si también él hubiera decidido recordarme que el tiempo no pasa en vano, ni siquiera para las piedras.
Dejé la mochila allí con ese gesto mínimo de quien no piensa reposar y salí a la calle, con la vaga intuición de que iba a encontrarme con algo que ya había perdido como si el aire oliera a especias y a siglos mal cerrados.
Esta es otra de esas ciudades de Rajasthan que se recorren con una especie de resignación activa. Las calles se estrechan sin aviso, las vacas parecen ejercer algún tipo de jurisdicción moral, los tuc tucs pasan con una fe temeraria en la física. Y entre todo eso, los habitantes —que son siempre más interesantes que las ciudades— se mueven y dialogan con una eficacia tranquila, como si hubieran aceptado hace tiempo que el caos consiste en la inercia de un dios que baila, en una forma superior de orden.
Recordé, mientras avanzaba, que hace veintiocho años ese mismo desorden me había parecido pintoresco, casi decorativo. Ahora, en cambio, guardaba algo de sistema, de mecanismo antiguo que funciona gracias al paso del tiempo. Quizá eso era lo único que había cambiado de verdad, la manera de concederle sentido al lugar ya visitado.
Y el azul, por supuesto, ahí seguía, en sus diversos tonos. Resplandecían azules de cal reciente, casi eléctricos, que devolvían la luz con una insolencia juvenil; azules apagados, fatigados por el sol, que tendían hacia el gris como quien envejece con discreción; azules con matices verdosos, contaminados por el polvo o por alguna decisión doméstica difícil de reconstruir; azules profundos, casi nocturnos, que parecían ensayar ya la llegada de la sombra. Todas esas paredes azules evocaban un mar que nunca habían visto. Me sorprendió reconocer algunos de esos tonos —o creer reconocerlos— como si hubieran permanecido esperándome en el mismo sitio durante casi tres décadas, con una paciencia que no sabría agradecer del todo.
Me detuve en un pequeño almacén donde vendían telas. El comerciante, con una paciencia que rozaba lo metafísico, desplegaba ante mí una sucesión de colores que desmentían cualquier tentación monocromática. Hubo un instante —breve, casi ridículo— en el que pensé que aquella escena ya había ocurrido, que yo había estado exactamente en ese lugar, frente a un hombre muy parecido, viendo cómo las telas se abrían como argumentos.
—Blue color keeps the air fresh —me dijo en un inglés parsimonioso—. And also for brahmans too… long time ago.
Asentí. No le pregunté si llevaba allí veintiocho años, si recordaba a un extranjero más joven de cabello con forma de arbusto, de contextura más gruesa y peor vestido, que quizá compró algo sin saber muy bien por qué. Compré de nuevo —no importa qué—, con la sensación algo incómoda de estar repitiendo un gesto cuya versión original ya no me pertenecía.
Al mediodía, el calor se volvió un argumento difícil de rebatir. Busqué refugio en un restaurante discreto. A mi lado, un hombre mayor comía con las manos con una precisión casi ceremonial. En un momento levantó la vista, me observó y sonrió.
—First time? —preguntó.
Dudé apenas un segundo. Habría podido decir que no, que yo ya había estado allí cuando él quizá era más joven y yo, desde luego, lo era. Pero comprendí que la verdad, en estos casos, no añade nada.
Asentí.
—Then you will not understand —añadió—. But maybe you don’t need to.
Pensé que hacía veintiocho años yo habría intentado entender. Ahora, en cambio, me parecía suficiente con estar.

Subí por la tarde hacia el fuerte. El ascenso entre aquellos muros consistía en una negociación con la pendiente. A medida que uno se acercaba, la historia dejaba de ser una nota a pie de página y se convertía en materia. El fuerte —mandado construir en 1459 por Rao Jodha sobre una colina que no tenía entonces más nombre que su aspereza— se imponía como una acumulación de siglos. Las murallas alcanzan cientos de metros, los portones están reforzados con púas para detener elefantes —esa lógica militar que hoy parece casi literaria— y uno encuentra una serie de puertas que han dejado de ser protectoras y ahora parecen viejas cuenta cuentos.
Atravesé el portón de Jai Pol, levantado para conmemorar una victoria, y luego el Fateh Pol, donde la historia se vuelve casi anecdótica. Esos triunfos hoy apenas los sabemos fechar con exactitud, pero su arquitectura de roca permanece como un argumento de poder más sólido que cualquier crónica.
Dentro, el fuerte se volvía inesperadamente delicado. Tras la severidad exterior, aparecían palacios que parecían contradecir la idea misma de fortificación. El Moti Mahal —Salón de la Perla— conservaba en sus paredes una blancura levemente irisada, como si la luz hubiera decidido instalarse allí de forma permanente. Más allá, el Phool Mahal desplegaba un barroquismo contenido: enmarques dorados, pinturas, una acumulación de ornamentos que no resultaba excesiva sino inevitable, como si el gusto hubiera sido una forma más de poder.
Me detuve un rato ante unas celosías de piedra finamente talladas —jalis— desde donde las mujeres de la corte observaban sin ser vistas. Me di cuenta de que toda arquitectura, en el fondo, es también una forma de administrar la mirada: quién puede ver, quién debe permanecer oculto, quién decide ambas cosas.
Más adelante, en una pared discreta, las huellas de las manos de las viudas que practicaron el sati —esa costumbre abolida pero no del todo olvidada— se ofrecían como un testimonio incómodo. No había grandilocuencia en esas marcas, sólo una persistencia muda. Me sorprendió que el fuerte, tan dado a la exhibición del poder, conservara también esos rastros de su lado más oscuro, como si la historia, incluso aquí, se negara a ser completamente decorativa.
Salí a una de las terrazas. Desde allí, la ciudad se ofrecía como una cartografía imperfecta, como un lago de casas azules interrumpido por manchas de otros colores. Jodhpur es una acuarela que el desierto no ha conseguido secar. Intenté recordar qué había pensado entonces, qué había visto exactamente. No lo conseguí. La memoria —lo comprendí con una claridad un poco tardía— no conserva los lugares, sino la manera en que uno los habitó. Y esa manera, inevitablemente, se pierde.
A mi lado, un joven que vendía postales se sentó sin pedir permiso.
—Good view —dijo.
—Sí —respondí.
—The fort never lost —añadió, con una convicción que no supe si era histórica o turística.
No le rebatí. Sabía —o creía saber— que el fuerte había resistido más de lo que había vencido, que su verdadera victoria consistía en seguir allí, intacto en lo esencial, convertido en museo pero no del todo domesticado. Quizá eso era lo que uno venía a ver: no tanto la historia como su persistencia material.
Al caer la tarde, la luz adquirió ese tono melancólico que precede a la noche. Los azules comenzaron a oscurecerse, a volverse más homogéneos. Bajé de nuevo hacia las calles con una sensación ligeramente distinta a la de la mañana. Ahora sentía ya la sensación de un regreso, aunque no supiera muy bien a qué.
Cené sin prisa. Luego llegué al hotel. Antes de dormir, miré una vez más por la ventana. El fuerte, iluminado, parecía insistir en su permanencia, como si llevara siglos recordándole a la ciudad —y de paso a sus visitantes— que todo lo demás, incluido ese azul tan convincente, no deja de ser un souvenir provisional de la historia.
Entonces llegué a la conclusión de que siempre se regresa para comprobar la distancia exacta que nos separa de quien fuimos en ese lugar. Veintiocho años, en mi caso, es una cifra suficientemente larga como para que la memoria se permita ciertas licencias, pero no tantas como para olvidar del todo.
Apagué la luz. Jodhpur, ahí fuera, continuaba ensimismada en su pasado. Yo, por una vez, empezaba a sospechar que tampoco en 1998 tuve nada esencial que añadir.



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