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Hamlet baila música disco

  • Foto del escritor: acueval83
    acueval83
  • 11 jul
  • 4 min de lectura

Había que ir a Kronborg alguna vez, aunque solo fuera para comprobar que la literatura exagera. Desde niño uno imagina el castillo de Hamlet como una fortaleza húmeda y sombría, como un lugar donde las piedras recuerdan más de lo que dicen y donde cada pasillo conserva la voz de alguna pregunta imposible y ese tan manido «Ser o no ser» acaba convirtiéndose en una dirección postal. El castillo apareció nada más llegar al puerto de Elsinor una mañana luminosa, junto a un mar tranquilo que no parecía dispuesto a colaborar con ninguna tragedia. Las murallas, tan bien restauradas, guardaban algo de museo aplicado y de postal nórdica, sin niebla ni cuervos ni almenas amenazadoras. El viento, no obstante, llegaba del Báltico con una cortesía fría, como si quisiera recordarnos que ese punto de Dinamarca desde donde se divisa Suecia sigue siendo el norte. Kronborg posee una belleza militar que no suele aparecer en las fotografías. Uno llega con la expectativa de adentrarse en un castillo romántico, pero se encuentra con una maquinaria de piedra levantada para vigilar el estrecho del Sund, esa franja de agua por la que durante siglos pasaron barcos obligados a pagar impuestos a la corona danesa.

Desde las terrazas se ve la costa sueca tan cercana que parece un decorado. El mar entra por todas las ventanas. Las torres verdes, los tejados de cobre, los bastiones angulares y los patios geométricos transmiten una sensación de orden, de vigilancia, de frontera. Más que un castillo de fantasmas, Kronborg parece una aduana monumental construida por algún rey aficionado a la arquitectura y a la recaudación. Descendí a las casamatas, las galerías subterráneas de piedra húmeda donde la luz se vuelve una superstición. Allí sí parecía esconderse el castillo que muchos habíamos leído. El aire era más frío, las bóvedas devolvían los pasos con una lentitud funeraria y, entre las sombras, dormía la figura de Ogier el Danés, el héroe legendario de Dinamarca, gigantesco y barbudo, esperando el día en que la patria vuelva a necesitarlo. Eso me hizo pensar que todas las patrias también acaban escondiendo a sus héroes nacionales en sótanos muy parecidos.


Busqué los fantasmas melancólicos y me encontré unos espectros alegres bailando música pop discotequera. Había una actividad para visitantes, la música de baile sonaba en una de las salas y algunos jóvenes disfrazados parecían haber desertado de una verbena municipal para instalarse, provisionalmente, en el reino de Dinamarca. Hamlet, si andaba por allí, debía de contemplar la escena con cierta perplejidad. El padre asesinado se había convertido en animador cultural. Ofelia quizás cambiaba las flores del río por unas luces de colores. Y la obra de Shakespeare quedaba circunscrita a la pedagogía turística. No me disgustó. Uno viaja con demasiadas expectativas funerarias. Esperamos encontrar ruinas, silencios, cenizas del tiempo, y el tiempo, que suele ser más práctico que los viajeros, se empeña en llenar los castillos de niños, las catedrales de cámaras fotográficas y las plazas históricas de helados. La historia quiere recogimiento; la vida prefiere el ruido.

Además, Hamlet nunca fue exactamente un príncipe sombrío, tal como hemos aprendido en las clases de literatura. Era un estudiante de Wittenberg, un muchacho educado en el humanismo, alguien que pensaba demasiado y actuaba poco. Mientras los demás personajes avanzaban como soldados hacia el crimen o la venganza, él se detenía a examinar cada motivo, cada duda, cada palabra. El célebre «Ser o no ser» lo atormentaba como una enfermedad de la conciencia. Hamlet tenía mucho que ver con la intelectualidad de nuestros días: sospechaba de las apariencias, desconfiaba de los discursos y analizaba tanto la vida que termina paralizándola. Quizá por eso Shakespeare eligió precisamente este castillo situado en una frontera. Elsinor es un lugar vigilante. Los centinelas observan el mar. Los mensajeros llegan continuamente. Se habla de una posible guerra con Noruega. El fantasma aparece sobre las murallas durante la noche. Todo el drama transcurre bajo una sensación de amenaza exterior e incertidumbre interior. El reino está enfermo antes incluso de que Hamlet pronuncie una sola palabra. «Algo huele a podrido en Dinamarca» retumba como un diagnóstico moral. Recorrí algunas salas donde las vitrinas exhibían armas, muebles y retratos de soberanos cuya importancia hoy resulta tan remota como la genealogía de los dioses menores. Los grandes tapices, las salas de baile y los aposentos reales poseen una solemnidad un poco cansada, como esos nobles provincianos que todavía se ponen la chaqueta para cenar aunque ya no quede nadie que los visite.


En las ventanas, el mar seguía allí, indiferente a las intrigas cortesanas. Quizá el verdadero protagonista de Elsinor sea siempre ese horizonte de distintas tonalidades que entra por los ojos y se queda un rato en la memoria. Siempre le he contado a mucha gente que viajar consiste en ir al encuentro de lo que ya habíamos leído. A veces, sin embargo, el viaje corrige la biblioteca. Yo había ido en busca de la melancolía escandinava y encontré una pequeña fiesta. Había esperado sombras y recibí canciones. El príncipe indeciso se había ausentado y en su lugar unos adolescentes bailaban una música insistente y alegre. No sé si aquello traicionaba a Hamlet o lo completaba. Al fin y al cabo, las tragedias solo sobreviven cuando la vida continúa a su alrededor. Shakespeare entendió mejor que nadie esa convivencia entre la muerte y el bullicio. En Hamlet aparecen sepultureros que bromean, actores ambulantes, cortesanos ridículos y conversaciones llenas de ironía. La tragedia necesita siempre una ventana abierta por la que entre la vida. El castillo permanece, el mar sigue respirando detrás de los muros y los visitantes atraviesan las salas con sus teléfonos móviles y sus botellas de agua.

El fantasma del rey ya no asusta a nadie. Quizá también él, cansado de tanta solemnidad, se haya unido a la música. Al salir, miré una vez más las torres. El cielo comenzaba a declinar su luz ligeramente ligeramente y por un instante el castillo pareció recuperar la expresión que le atribuíamos los lectores. El viento se levantó sobre el Sund, la costa sueca se volvió difusa y las almenas adquirieron esa gravedad teatral que Shakespeare necesitaba. Fue solo un momento. Luego volvió el sol, sonó una canción lejana y Kronborg, ese viejo escenario de la duda, regresó a su condición actual: un castillo habitado por turistas, por niños y por unos fantasmas inesperadamente felices.

 
 
 

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