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Fauna de poetas

  • Foto del escritor: acueval83
    acueval83
  • 27 abr
  • 3 min de lectura

Actualizado: 28 abr

Yo formo parte de una fauna persistente de poetas, una especie de zoológico lírico donde cada cual lleva su jaula a cuestas y la abre en cuanto detecta un atisbo de público o de penumbra. La poesía, en nosotros, es menos un arte que una excrecencia, una manera de sudar palabras cuando la realidad aprieta o cuando el silencio, ese animal más digno, nos deja en evidencia. Vamos por la vida con libretas ajadas, como mendigos de lo inefable, anotando ocurrencias que confunden el desdén con la profundidad. Profesamos, además, una fe inquebrantable en el temblor, como si temblar fuese ya decir algo. Nos emocionamos con una facilidad sospechosa: basta una farola, una lluvia a destiempo, un recuerdo mal cerrado. Y entonces acudimos al repertorio, a ese mercadillo de imágenes usadas donde la luna sigue siendo una aparición en un charco; el amor, una herida con vocación de epitafio y el tiempo, un ladrón con guantes de seda. Nos creemos alquimistas, pero apenas somos coleccionistas de lugares comunes con pretensiones de revelación.


La retórica nos crece como la mala hierba. De pronto aparece un símil, una metáfora, una hipérbole con la elegancia de un mueble heredado que no encaja en ninguna habitación. Y aun así lo colocamos, lo forzamos, lo justificamos con una gravedad que haría sonreír a los dioses si los dioses tuviesen sentido del humor. Porque lo nuestro es solemne, incurablemente solemne: nos tomamos en serio cada palabra como si fuese la última, cuando en realidad es apenas una más en el inventario de lo prescindible. Y declamamos, por supuesto. El poeta sin declamación es una bestia incompleta. Nos erguimos, carraspeamos, modulamos la voz como si la garganta fuese un instrumento noble y no el conducto vulgar por donde pasa la comida. Y en ese instante, suspendidos unos centímetros sobre la vulgaridad del mundo, creemos tocar algo parecido a la verdad. Pero es solo altura sin perspectiva: desde ahí arriba no se ven las grietas, ni el moho, ni la vajilla sin fregar de la existencia. Se ven símbolos, que es una forma elegante de no ver nada.


Habitamos los bares de segunda fila, los recitales con micrófono defectuoso, las ferias del libro donde el viento pasa las páginas por nosotros. Y también, cómo no, las redes sociales: ese jardín vertical de la palabra inmediata donde cada verso recibe su ración de aplauso en forma de icono. Allí la poesía se vuelve instantánea, soluble, una especie de café lírico que se disuelve en agua tibia y deja un poso dulzón en la lengua. Confundimos la visibilidad con la existencia, la reverberación con la voz. Pero hay en esta fauna algo que resiste al ridículo, una terquedad casi conmovedora. Persistimos. Seguimos escribiendo como quien insiste en encender una cerilla bajo la lluvia. Somos los portadores de una ingenuidad que ya no cotiza en bolsa: la de creer que una frase corta puede todavía salvar algo, aunque sea un instante, aunque sea a nosotros mismos de nosotros mismos. Es una fe pequeña, doméstica, casi clandestina.


Y luego están los lectores, esos cómplices necesarios sin los cuales nuestra impostura se vendría abajo como un decorado mal clavado. Algunos buscan en nosotros un consuelo de saldo, una emoción que no exija demasiado, una lágrima sin consecuencias. Otros, más escépticos, nos leen como quien revisa un álbum antiguo: con una mezcla de ironía y ternura, reconociendo en nuestras torpezas algo que también fue suyo. Entre todos sostenemos esta economía sentimental, este pequeño negocio de palabras infladas y escaso poder de convocatoria. No es gran cosa, desde luego, pero tampoco es nada. Y quizá ahí, en ese casi nada que se obstina en ser algo (cuatro lecturas, dos aplausos tibios o algún elogio que suena a pésame) pervive todavía nuestra especie, como quien mantiene abierta una librería en un callejón sin tránsito, más por costumbre que por esperanza.

 
 
 

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