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El periódico ideal

  • Foto del escritor: acueval83
    acueval83
  • 29 abr
  • 4 min de lectura

En muchas ocasiones me he sorprendido fantaseando —con una melancolía algo teatral, lo admito— con el periódico ideal. Siempre acaba siendo un objeto de papel, ligeramente arrugado, que espera en una estantería como esperan las cosas que ya no compiten: un periódico con hojas amarillentas, tinta cansada y un pudor casi humano ante el presente, como si supiera que la actualidad es una forma vulgar de la prisa.


La voz salsera de Héctor Lavoe nos hizo imaginar el periódico del día anterior como una historia de amor ya finiquitada: algo que ya no sirve, que ha perdido su urgencia y su brillo. Pero esta melodía y visión del mundo, tan perspicaz para lo efímero, no reparó —o quizá sí— en que todo desprecio esconde una forma involuntaria de elogio. Porque solo lo que, en su día, pidió su tiempo puede permitirse el lujo de volverse un ejercicio de maduración y sensatez. Lo demás, lo que nace efímero, ni siquiera llega a envejecer. Simplemente se evapora en ese mar espumoso donde actualmente chapotean los diarios digitales, siempre tan nerviosos, tan satisfechos de su propia inanidad.


La prensa de hoy —sobre todo en su versión de pantalla táctil, ese zoco de titulares hipertiroideos y opiniones de usar y tirar— es un animal ansioso, escrito con la respiración corta de quien teme no existir si no se actualiza cada diez minutos. Aparecen titulares en forma de acertijos, que se corrigen como si se arrepintieran de sí mismos, columnas que envejecen antes de ser leídas, y una retórica de urgencia que termina por parecer una coartada. Se lee como escaneando líneas, se entiende poco, se recuerda nada. Y en medio de ese tráfago, el lector acaba convertido en un consumidor fatigado de naderías, un clic más en la estadística, que es la forma contemporánea de la frivolidad.


El periódico de ayer, en cambio, ya ha pasado por el pequeño purgatorio del tiempo. Ha sobrevivido —aunque sea durante veinticuatro horas— a esa dictadura de la inmediatez que los digitales ejercen con una mezcla de histeria y condescendencia. No necesita gritar ni seducir con artificios de feria. Y en esa mínima distancia ocurre algo parecido a la inteligencia: los hechos se ordenan, las jerarquías se insinúan e incluso el error adquiere una dignidad retrospectiva. Leer un periódico viejo y vetusto consiste en leer sin prisa, casi sin miedo, como quien escucha en diferido una conversación y, por eso mismo, puede escucharla mejor. Se produce también en ese gesto una forma de elegancia un poco de antaño, ajena al utilitarismo, y por eso admirable. El lector del periódico de ayer busca el sentido de los hechos y de la realidad más que la primicia. Y ese baño de raciocinio, como casi todo lo que importa, suele llegar con retraso, cuando ya los digitales han agotado su repertorio de alarmas y exclamaciones, como esos tertulianos de barra de bar que confunden el volumen con la razón.


Además, en esos diarios envejecidos se da un valor añadido: la plusvalía imprevista de la literatura. Basta abrir hoy —con una curiosidad ligeramente arqueológica— las crónicas de Josep Pla o las piezas urgentes de Manuel Chaves Nogales para comprobar que el tiempo, lejos de marchitarlas, las ha afinado. Aquellos textos nacieron para morir al día siguiente, pero han terminado sobreviviendo como pequeñas máquinas de precisión narrativa. Lo que era noticia se ha vuelto estilo; lo que era urgencia, mirada.


Algo parecido ocurre con Julio Camba, que escribía sobre una actualidad que hoy nos resulta casi irreconocible. Nadie recuerda ya el motivo exacto de sus artículos, pero su ironía sigue funcionando con una limpieza admirable, como si el tiempo hubiera hecho el trabajo de edición que la prisa le negó. Y qué decir de Francisco Umbral, que convirtió la columna diaria en un arte menor solo en apariencia: un lugar donde la noticia era poco más que una excusa para el ritmo, la imagen y esa vanidad verbal tan suya, que era, en el fondo, una forma de lucidez.


Incluso en cabeceras como The New York Times o El País, algunas crónicas que en su día parecieron circunstanciales han adquirido con los años una densidad inesperada. Se releen como se relee un cuento: no para enterarse de un argumento, sino para volver a una forma de expresión. Algo que los diarios digitales, con su vocación de olvido instantáneo y su sintaxis de algoritmo, difícilmente podrán ofrecer mientras sigan escribiendo para una posteridad que dura lo que tarda en cargarse otra página.


Se dirá que todo esto no es más que una reacción cascarrabias, una forma elegante de ignorar el vértigo contemporáneo. Puede ser. Pero también es una forma de resistencia, quizá la única que nos queda: leer despacio lo que ya ha ocurrido. En un mundo que confunde velocidad con lucidez, ese pequeño ralentí adquiere un valor casi moral.


El periódico ideal, entonces, no es el más rápido ni el más completo, ni mucho menos el más ruidoso: esa especialidad de los digitales, que han hecho del escándalo una rutina y de la prisa una estética. El periódico ideal es el que llega cuando ya no hace falta. El que uno abre sin ansiedad, con una curiosidad vaga que no espera ser satisfecha del todo. Es un periódico que, como ciertas conversaciones o ciertos libros, empieza a ser interesante justo cuando deja de ser imprescindible.


Quizá por eso —y aquí convendría llevarle la contraria, con una cortesía apenas irónica, a la canción de Lavoe— el periódico de ayer no es una metáfora del desamor, sino de la inteligencia. O, si se prefiere, de una forma modesta de sabiduría: esa que consiste en llegar siempre un poco tarde y, precisamente por eso, mirar un poco mejor. 

 
 
 

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