Adjetivos: los abalorios exuberantes de las palabras
- acueval83

- 9 jul
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Si el sustantivo señala la realidad con el dedo; el adjetivo, en cambio, se acerca a ella con una mirada. Entre ambas unidades existe una vieja alianza gramatical: una aporta la sustancia y la otra, la modifica. Si el sustantivo es la casa, el adjetivo es la luz que entra por la ventana. La tradición escolar nos enseñó pronto que el adjetivo sirve para expresar cualidades. No era una mala definición, pero sí una definición insuficiente porque el territorio del adjetivo es mucho más amplio y complejo de lo que sugieren los manuales elementales. Bajo una apariencia discreta, el adjetivo constituye una de las clases de palabras más refinadas y versátiles del idioma.
El adjetivo calificativo es, sin duda, el más popular y literario de todos. Es el que añade propiedades, características o valoraciones al sustantivo. Decimos una tarde gris, un hombre melancólico, una ciudad luminosa, y cada uno de esos adjetivos introduce una perspectiva desde la cual contemplar la realidad. Entre una calle y una calle desierta media toda una novela. Los buenos escritores saben que un adjetivo acertado puede ahorrar tres párrafos de explicaciones y que uno desafortunado puede arruinar una página entera. Por eso los estilistas han mantenido con ellos una relación de amor y desconfianza. El adjetivo es oro cuando ilumina; pero un simple abalorio cuando se acumula. La prosa barroca lo convirtió por momentos en un carnaval de lentejuelas. La buena escritura suele preferir la precisión a la abundancia.
Existe además una diferencia sintáctica que no carece de consecuencias estilísticas: el adjetivo calificativo puede aparecer tanto después como antes del sustantivo. La posición no suele ser indiferente. Cuando decimos una mesa redonda, un edificio alto o una enfermedad grave, el adjetivo pospuesto tiende a presentar la cualidad como un rasgo relativamente objetivo, identificable o descriptivo. En cambio, la anteposición introduce con frecuencia una mirada subjetiva, afectiva o valorativa. No es exactamente lo mismo hablar de un hombre pobre que de un pobre hombre; ni de una ciudad vieja que de la vieja ciudad. En la blanca nieve o la triste tarde, el adjetivo parece menos interesado en clasificar la realidad que en interpretarla. La gramática descubre así que el orden de las palabras también participa en la construcción de la mirada. El adjetivo pospuesto observa; el antepuesto recuerda, juzga o siente. Uno se acerca a la objetividad del inventario; el otro, a la subjetividad de la experiencia. Entre un amigo viejo y un viejo amigo media, una vez más, toda una visión lírica de la existencia.
Sin embargo, no todos los adjetivos nacen para colorear el mundo. Existen también los llamados adjetivos relacionales. Son palabras como industrial, municipal, cardíaco, universitario o lingüístico. A diferencia de los calificativos, no expresan propiedades graduables ni admiten fácilmente intensificadores. No suele afirmarse en el lenguaje cotidiano que algo sea fuertemente municipal o bastante universitario. Su función consiste en establecer una relación entre el sustantivo y un ámbito determinado. Cuando hablamos de una política municipal, de una enfermedad cardíaca o de una investigación lingüística, estos adjetivos no aportan una cualidad subjetiva, sino una clasificación. Son los funcionarios del reino gramatical: discretos, eficientes y poco dados a la poesía. Mientras los calificativos frecuentan las tertulias literarias, los relacionales trabajan en despachos administrativos y laboratorios científicos.
Pero la gramática, que suele presentarse como un ministerio de reglamentos, conoce también sus pequeñas revoluciones. Algunos adjetivos relacionales, tan acostumbrados a la sobriedad administrativa, abandonan en ocasiones su función clasificadora y comienzan a comportarse como auténticos adjetivos calificativos. Es el fenómeno que los gramáticos denominan recategorización o reinterpretación cualitativa.
Un adjetivo como policial, por ejemplo, puede limitarse a indicar relación en una expresión como investigación policial. Allí únicamente señala el ámbito al que pertenece la investigación. Sin embargo, cuando alguien habla de unos métodos muy policiales o de una mirada policial, el adjetivo deja de designar una relación objetiva y pasa a expresar una cualidad: autoritaria, vigilante, inquisitiva. Algo semejante ocurre con presidencial, diplomático, académico o teatral. Un discurso académico puede ser simplemente el propio de la universidad, pero también puede resultar excesivamente académico, es decir, rígido, erudito o distante. El adjetivo abandona entonces el despacho donde clasificaba las cosas y entra en el salón donde se juzgan.
Estas reinterpretaciones suelen ir acompañadas de rasgos propios de los adjetivos calificativos. El antiguo relacional admite gradación, acepta modificadores de intensidad e incluso puede compararse. Se habla de una actitud muy diplomática, de un comportamiento bastante presidencial o de un estilo excesivamente académico. La gramática asiste así a una curiosa promoción social: el funcionario se convierte en artista.
La literatura ha sabido aprovechar desde hace mucho tiempo esta porosidad de las categorías. Los escritores, que rara vez respetan las aduanas gramaticales, toman a menudo licencias con los adjetivos relacionales y los coordinan con adjetivos calificativos. La norma tradicional consideraba extrañas secuencias como una decisión política y absurda, un discurso académico y brillante o una atmósfera urbana y melancólica, porque el primer adjetivo clasifica mientras el segundo califica. Sin embargo, la lengua literaria, y cada vez más la lengua periodística, aceptan con naturalidad estas asociaciones.
La coordinación produce entonces un efecto particularmente expresivo. El adjetivo relacional aporta el marco objetivo; el calificativo introduce la valoración. Una novela puede describir una ceremonia religiosa y sombría, una reunión universitaria y tediosa o una solemnidad militar y grotesca. El primero sitúa la realidad; el segundo la interpreta. Entre ambos se establece una pequeña alianza entre la administración y la imaginación.
No resulta extraño que ciertos prosistas exploten deliberadamente estas mezclas. La escritura de tradición ensayística o periodística —tan proclive a la ironía y al matiz— suele convertir los adjetivos relacionales en instrumentos de caracterización. Un tono ministerial y gris, una cortesía diplomática y fatigada o una melancolía urbana y otoñal permiten que la clasificación se contamine de emoción. El lenguaje descubre entonces que las categorías no son tan rígidas como parecían.
Porque también los adjetivos poseen una biografía. Algunos nacen poetas; otros, funcionarios. Pero incluso los más burocráticos pueden terminar, después de años de servicio en oficinas, ministerios o laboratorios, asomándose a la literatura. Y allí, bajo la luz incierta del enunciado, el viejo adjetivo relacional descubre que también él puede permitirse el lujo de tener carácter.
Existe también una tercera familia menos conocida y particularmente interesante: los adjetivos adverbiales. Son aquellos que, sin abandonar su condición de adjetivos, introducen valores próximos a los que suelen expresar los adverbios. Aparecen en secuencias como la mera posibilidad, el supuesto culpable, la futura ministra, el presunto autor o la dizque directora. En estos casos, el adjetivo no describe una propiedad física ni establece una relación temática. Lo que hace es modificar la manera en que debemos interpretar el sustantivo. La futura ministra todavía no lo es; el presunto autor quizá nunca llegue a serlo; la mera posibilidad reduce el alcance de aquello que acompaña. Estos adjetivos operan sobre el significado completo del sintagma nominal. Son pequeños filósofos infiltrados en la gramática. No pintan la realidad: la matizan, la relativizan o la sitúan en el tiempo.
Quizá por eso el adjetivo resulte tan fascinante. Vive siempre a medio camino entre la descripción y la interpretación. A veces se limita a registrar una característica visible; otras, clasifica; otras, comenta desde la distancia aquello que modifica. Ninguna otra categoría gramatical parece tan consciente de que las cosas nunca son simplemente lo que son. Mientras que el sustantivo proclama identidades, el adjetivo introduce matices. Y acaso toda la civilización consista precisamente en descubrir que entre una ciudad y una ciudad melancólica, entre un hombre y un supuesto hombre feliz, entre una tarde y una tarde interminable, existe la misma distancia que separa el inventario de la literatura. Allí empieza el adjetivo. Allí comienza también una parte esencial de la mirada humana.



Qué forma tan amena de hablar de algo tan serio. Hay construcciones divertidas, como esa de la dizque directora y los funcionarios del reino gramatical. Muy buena idea de escritura. Gracias por enseñarnos con este estilo.